
La palabra gracias, como las tarjetas de crédito, se suele usar para comprar baratelas. Yo, que pago con efectivo y en billetes pequeños mis amistades y mis deudas, la guardaba para momentos especiales. Como este, en el que me siento tan extraño como quien recibe una buena noticia escrita en la tapia del cementerio.
Por eso, hoy sí, la uso con toda su etimología y sus mayúsculas, sus venas con sangre de sinceridad y sus hombros mojados. Porque quiero dar las gracias a quienes ellos ya saben. A quienes me han llamado, escrito o simplemente dedicado un pensamiento. Especialmente a quienes se alegran de mi despido, que ya sabéis que me va la caña. Siento no haberos escuchado en persona, pero ni siquiera yo le puede negar un par de días a la melancolía y ya sabéis que la venganza requiere mucho papeleo y no soy de mucho madrugar. Así que, mejor esta expiación en colectivo, por no repetirme a cada oido al que le debo un abrazo.
Especialmente en esta capilla me confieso deudor de ese hermano mayor que me ha salido de chico, Cañamero, y de ese hermano chico que me ha salido de mayor, Víctor Soria. También de Fernando Vegas. Él fue el abogado de Navalón y de Cañamero, cuando también los echaron de Tribuna. A ninguno de los dos les llego a los talones, pero si la vida es biografía, ya me queda menos. Gozo de su amistad y de su toga. Mi 'Famiglia' no necesita que le diga quienes son y lo que los quiero.
Me han despedido de un sitio en el que entré hace casi nueve años como un niño con juguetes en forma de letras, y del que salgo por seguir jugando con ellas. Han cambiado las normas, hace meses que se acabó el recreo. Hay quienes entienden el periodismo como oficina, sello y timbre. Funcionarios, víctimas de la impotencia ante un oficio excitante, a los que les jode que a alguien se le empalme escribiendo porque no hay viagra para la mediocridad.
Por motivos que mis íntimos conocen, he tratado de adaptarme al gris, renunciando incluso a muchas cosas en las que creo. No fue suficiente para ellos. Me despiden por escribir algo capado de antemano. Me despiden por tener un estilo al que, ni queriendo, puedo renunciar del todo.
En el fondo me hubiera gustado no defraudar mi mala reputación, algo que me ha costado mucho ganarme, pero me despiden por algo tan simple como hacer mi trabajo.
Y, para que conste que de nada tengo que avergonzarme, he aquí mi sanción. Expresiones que juzgan como sacrílegas y a las que yo ni le veo el filo, respecto a algo tan vulgar como un robo en una casa de putas. Pincha en ella, leela, y juzga tú.

Por motivos de prudencia judicial, no valoraré ni el despido ni a quienes lo firman. Todavía. Sólo diré que no es que sean malos periodistas, es que ni siquiera son del gremio.
Sigo creyendo que, por muy mal que se utilice, nada hace más daño a un idioma que el silencio. No decir nada por mucho que se escriba es la forma más cruel de ese silencio. A muchos no les gusta cómo escribo y tampoco me creo especialmente bueno, pero, aunque crean que me perdí por el camino, ojalá nadie dude que siempre he buscado "la luz, la audacia, la verdad, el grito". Por eso, pese al dolor de quien se va de su hogar sabiendo que ha permanecido en él justo el tiempo suficiente como para arrepentirse, comparto con vosotros esta mezcla de liberación y decepción. A partir de ahora, que sigan matando al idioma los mediocres que se suicidan en el enemigo.
Decía Bukowsky que "tres cosas necesita un hombre: fe, práctica y suerte". La fe viene de serie. Es lo que tenemos los egocéntricos. La práctica se la debo y se la agradezco a quienes construyeron Tribuna, hoy más que nunca, a unos por acción y a otros por omisión, y no a quienes ahora la sepultan. Y, respecto a lo último, en la vida, como en la pesca cuando falla la suerte hay que estar preparados para la amarga valentía de comerse el cebo, que dijo el poeta.
Lo escribí cuando empezó todo esto: "Somos nuestro nombre. Somos el nombre que nos pone la gente. Hay que estar a la altura del seudónimo. Hay que rubricar la propia biografía con una firma insistente y fija, tanto en los crímenes como en los sonetos". El que lucha contra su propio nombre está suicidándose trabajosamente. Como dijo Cocteau, pertenezco a la raza de los acusados. Sección deliciosamente culpables, añadiría yo, aunque no de desobediencia, sino de estilo.
Nunca pretendí la patente del buen gusto, ni la tengo ni la quiero, pero sí la aspiración a tener lo que Umbral llamaba "voz propia. Literatura es escribir las cosas como no las escribe nadie. Ni mejor, ni peor, distinto".
El talento se da, o no se da, y sólo cuando no se da el talento se crea una academia. Y yo nunca cumplí con mis matrículas. Así que discúlpenme éste desahogo y a esos que estudiaron para mediocres y sacaron notable, simplemente mi piedad. Lo suyo no se pasa con un par de gin tonics. Cuando se vean en el espejo de su periódico, apliquen la máxima de Stevenson: "Al escritor que le falta la gracia, le falta todo".
Gracias, entre otros a vosotros, empiezo a ver un puñetazo de luz a oscuras.